De cuchillos, sangre y policía

Una mirada lo dice todo. La mirada no tiene lengua oficial.

No siempre me he dedicado a perseguir vacas vivas desde que llegué al Reino Unido. En mis comienzos me dediqué a ejercer como Veterinary Meat Hygiene Inspector (VMHI) o algo así como Auxiliar de Inspección Veterinaria en mataderos.

Sí. Mataderos. Para no entrar en detalles, comentar que básicamente es como estar en un after hours situado en el barrio más original de Petrozavodsk en el que ves pasar un animal por fascículos mientras identificas posibles riesgos para la salud humana en cada pieza del desmontable. De hacerlo y dependiendo de la severidad de la patología, decides si eliminar la zona afectada, condenar la canal entera para que no entre en la cadena alimentaria o retirarla temporalmente a espera del juicio de un veterinario oficial. Cuando en ocasiones tienes una media de cuatro segundos por pieza para inspeccionar y corregir la canal, la mente no es la única que debes tener afilada. Deben estarlo tus cuchillos. Cuando comienzas a trabajar como VMHI te pasas una media de 2 semanas recorriendo diferentes mataderos a lo largo y ancho de Inglaterra como entrenamiento hasta que pasas el temido assessment (evaluación teórico-práctica) y te asignan planta fija. Subsistes durante ese periodo a base de sándwiches fríos y fruta mientras saltas de Bed & Breakfast en Bed & Breakfast con tu maleta y el material usado para trabajar (casco, monos, delantal, botas, guante de malla, afilador y 2 cuchillos de 18cm de hoja). Aprovechas los fines de semana para pasar por una lavandería y quitar la sangre de la ropa.

"Listo para el combate"
“Listo para el combate”

Lo que os cuento me ocurrió un viernes en una noche de febrero después de una semana intensa luchando a sablazo limpio contra trozos de animal, contra el idioma y sobreviviendo a base de sándwiches de dudoso relleno, plátanos y mandarinas. Decidí darme un homenaje a base de risotto calentito en un italiano situado en la calle principal de un pueblín de Lancashire llamado Colne. Aparqué justo delante del restaurante y me metí de cabeza cegado por la visión de un plato caliente. Fui abruptamente recibido por un camarero que con cara de desquiciado me pregunto si iba solo. Al decirle que únicamente me acompañaba el hambre, cambió su expresión a una de compasión. Pero no porque estuviese muerto de hambre, sino porque me había metido sin quererlo en el único sitio de ese pueblo apto para celebraciones y se estaban llevando a cabo simultáneamente tres despedidas de soltera. Mientras me hacían hueco en algún rincón, me ofrecieron una pinta de cerveza a modo de últimas voluntades. Según me la empujé, me indicaron que podía sentarme en un punto neutral: justo en medio de las tres despedidas. Gracias camarero, bien jugado. Para apretarme el arroz me pedí otra pinta y brindar ya de paso por la madre del camarero. Aunque sinceramente, una vez tuve el arroz delante se paró mi mundo. Ese día había merecido la pena y cegado por la gula, hasta llegué a pensar que nada podía salir mal.

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“Lo uso para pelar mandarinas, Sr. Agente”

Error de apreciación. Nada más salir del restaurante rodeado de varias chicas diciéndome cosas que no entendía pero que no creo que fuese nada relacionado con Sócrates o Descartes, me di cuenta que mi coche quedaba bloqueado por uno de policía en segunda fila cuyo agente, alucinado por mi involuntariamente adquirida compañía femenina, estaba colaborando con los servicios sanitarios en atender un atropello a 5 metros de donde había aparcado. Indiqué al policía si existía la posibilidad de mover su coche para poder salir y amablemente lo retiró y esperó a que saliese para dejar el patrulla en mi hueco. El problema de estar cansado, algo nervioso y de llevar sólo una semana con un coche británico, es que te das cuenta demasiado tarde que el volante lo han colocado en el otro lado. Después de intentar agarrar un volante imaginario delante de un policía, poca dignidad le queda a uno. Sin ella pero intentando contrarrestarla con caradura, salí, rodeé el vehículo, me encogí de hombros, le dije “Vaya hombre! I’m still not used to” y me metí por donde debía. Una vez me puse en marcha caí en la cuenta que en el maletero llevaba 2 cuchillos de 18cm junto con ropa ensangrentada. En ese momento, miré al policía por el retrovisor y nuestras miradas se encontraron. Cada uno en su idioma, pero nos lo dijimos todo mientras me permitía escapar: Él también había tenido una semana muy dura.

Comparte esta historia si existes porque piensas o si te apasiona ver ediciones completas de cualquier animal.

VOCABULARIO:

– “Shite! I’m screwed.” (vulg.)= De esta no me saca ni Perry Mason.

– “Lovely, thanks” = Esta mesa te la meto por el orto a la primera que te descuides.

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4 thoughts on “De cuchillos, sangre y policía

  1. ¡Muy buna esta nueva entrega!… Deberías afilar la pluma además del cuchillo e intentar escribir algo más largo, digamos… un libro!

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    • No, no. En pequeñas dosis se puede hacer llevadero pero libro… pobres míos. Aunque espera que no me dé por remontarme a experiencias en trabajos de turno de noche o historias aeroportuarias, que ahí me da para sacar tres tomos repletos de cabronas anécdotas. Abrazos.

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