Going headlong

Soy un tío con suerte. Lo digo en serio. Es cierto también que la suerte se busca y está en tu mano destacar la faceta positiva de la inmensa cantidad de cosas que te ocurren a lo largo del día.
Ahora por ejemplo me encuentro escribiendo esta entrada sentado en un banco de un tranquilo parque oliendo a tierra mojada, mientras escucho una conversación entre pájaros (que igual se están poniendo a parir) pero que desde mi punto de vista también son felices. En dos días estoy volando a casa y me embarga una emoción terrible que supongo no valoraría tanto de no estar separado de mi familia durante tanto tiempo.
Estoy separado de ellos porque tengo trabajo. Un trabajo que disfruto y en el que, os lo digo en serio, valoran al trabajador.

Ahora bien, hay momentos en que la suerte deja que desear y desafortunadamente siempre me ocurre cuando visito la misma ganadería. A pesar del tamaño (600 cabezas) es gestionada por un matrimonio que se deja ayudar por sus dos hijos. Todos ellos respetaban la figura del veterinario oficial… hasta que llegué yo.
Mi primera aparición en la ganadería fue cuando aún estaba en periodo de prueba en mis funciones. Sí, en ese momento en el que pones especial atención y empeño en que todo salga bien delante de los colegas con más experiencia. Me estrené en medio del campo, colocando la bandeja con todo mi equipo a salvo de la pisada de las vacas. ¿Cómo es que nadie había caído en ese punto estratégico detrás de la valla? Igual porque ellos advirtieron con antelación la presencia de ortigas. Yo lo hice a posteriori cuando el brazo izquierdo lo tenía “on fire”. Pero no era cuestión de arruinar el momento de gloria así que apreté los dientes y continué lidiando con las vacas. Una de las características de tener 600 animales en una ganadería es que los repartes entre diferentes localizaciones, muchas veces separadas varias millas unas de otras. Normalmente usamos nuestro coche de empresa para movernos de un lado a otro pero si el ganadero se ofrece a llevarte en su todoterreno, ¿por qué negarse y ensuciar tu propio coche? Así que ni corto ni perezoso salté en la parte de atrás del vehículo, compartiendo la ausencia de asientos con la hija del ganadero, un perro empeñado en lamerme la cara y varios sacos de concentrados. Hablando de concentrados. Tanto lo estaba yo intentando disimular la picazón del brazo, que en el momento del desembarco no puse atención a la bola del remolque que privó mi salida triunfal de toda la gracia que podía haber demostrado.

Bola del remolque. Ideal para pivotar en el aire.
Bola del remolque. Ideal para pivotar en el aire.

Mi bota derecha la pasó rozanzo pero la bola se introdujo en la pernera de la ropa de protección, impidiendo posarme como una persona normal y provocando que pivotase a la altura del gemelo todo lo largo que soy y por tanto dando de bruces contra el suelo. No de tierra además. Gravilla. Todo mi cuerpo impactó a la vez, brazos en cruz, lanzando gravilla en todas direcciones. La imagen que debí dar fue como la de una bomba de fragmentación pero con gafas. Lo primero que vi al levantarme (con dolor únicamente en el orgullo y en el brazo izquierdo debido a la ortiga) fue a mi compañera apoyada en el coche, doblada de risa, llorando y sin poder hablar. La ganadera se acercó, mostrando preocupación pero cuyas lagrimillas incipientes no las achacaría yo precisamente a la compasión. Se fijó en la urticaria de mi brazo y confesé qué era lo que había pasado. Ese fue el momento en el que su silencio habló y mientras me miraba entre extrañada y divertida logré escuchar en sus pensamientos: “¿De dónde habrán sacado a este tío?”

La hija desapareció y al cabo de dos minutos llegó con unas hojas de unas plantas que crecen al lado de las ortigas y que si te las frotas sobre la urticaria te alivia casi de forma inmediata. No lo sabía. Debe ser de la familia de las cebollas además pues la hija traía los ojos llorosos también. Pobrecilla.

En fin, les comenté que en aquellas ganaderías que se lo merecían (me dieron de desayunar durante la jornada) el veterinario besaba el suelo al estilo papal. Esa fue la luz verde para que dejasen de reprimir las carcajadas.

Cuatro meses después, aparecí por la misma ganadería. Esta vez empeñado en actuar profesionalmente. Y a punto estuve de lograrlo hasta que casi al final de la visita, una de las vacas jóvenes decidió robarme la gorra de mi bandeja. Empezó a masticarla e incluso hizo amago de tragársela y la hubiese dejado de no ser porque la gorra llevaba el logo de la clínica. Y me vi el cuadro: tres días después, la vaca indispuesta y uno de mis jefes extrayendo mi gorra del rumen. Así que intenté quitársela pero salió corriendo bien contenta de sacar al veterinario a jugar. Después de dos vueltas por el redil corriendo detrás de ese bicho y esquivando a sus hermanas que se habían unido a la juerga, decidió escupirla sobre un montón de mierda. Literal.

Oi Primrose! Distrae al veterinario mientras le levanto la gorra. ¡Veras que risas tía!
Oi Primrose! Distrae al veterinario mientras le levanto la gorra. ¡Veras que risas tía!

Y ahí estaban ganadero e hijo, observándome impasibles y apostando si daba 4 vueltas enteras o si finalmente no recuperaba la gorra.

Ahora que pienso, al final recuperé la gorra y no me pinché con más ortigas. Si va a ser cierto que soy un tipo con suerte.

Comparte esta historia si tu pivotas cuando te viene en gana o si te hace feliz poner a parir a alguien.

VOCABULARIO:

– “Honestly, it doesn´t hurt too much” = Ampúteme el brazo, señora.

– “Take your time” = Acelera. Date vida. Métele caña. Por favorrrrrrrrr

 

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